miércoles 17 de diciembre de 2008

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julia, alberto (los felices) y yo en mi cumpleaños. 6.9.08

viernes 21 de noviembre de 2008

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jueves 25 de septiembre de 2008

otro poema inutil (inutil, mi palabra favorita)

si lanzo mi cuerpo entre las paredes de este abismo
si lanzo mi risa y con ella la muerte
si caigo simplemente
quiero que sea sobre tu piel henchida
incesante

Si caigo, si me lanzo, si deshago de mi equilibrio
cada movimiento
que sea porque quise ser oración de tu piel
repetida por mi boca
y en ella bordeada por tus dedos

si caigo irremediablemente
si encuentro en el vértigo tu beso, tu peso
si caigo junto a mi risa que sea sobre tu piel,
ceremonia que se repite dentro de mi cuerpo
en este abismo escrito que se toca también incesante
incansable

domingo 14 de septiembre de 2008

como una ola

una ola que se arrastra a su propio cuerpo,
que se toca lo más profundo de la entraña
para probar la sal de su herida


una ola que toca mis pies
y los convierte en animales quietos

una ola que arrastra mi cuerpo
para que pueda tocar en mi entraña
la sal de tu cuerpo

una ola
como una ola,
tocas mis pies y retrocedes
lavas mi ceniza
rodeada de cangrejos dorados
y destruidos castillos de arena

y como a una ola
te espero
en el movimiento exacto
de tu cuerpo dentro del mío
bajo el sol que nos calcine
y nos dore en cada movimiento
de nuestra baile infinito sobre la arena.

viernes 29 de agosto de 2008

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Apoyo las manos tercamente sobre el muro frío y como si fueran tuyas las recibo sin saber cómo resolver tu tacto. Entonces te presiento como una tarde que desaparece mientras cierro los ojos y nuevamente no logro resolver tu tacto (que podría tocar mi cabeza como a un animal dormido) ni como tu voz repite una canción dentro de mis propios laberintos.

miércoles 13 de agosto de 2008

esta noche

Esta noche

sólo pueden decir de mí:

ella es la mujer infiel

la adultera que chilla en la culpa

como un cerdo siendo degollado después del amor.

(de La herencia de Saulo)

viernes 1 de agosto de 2008

lucio. grabado


miércoles 16 de julio de 2008

recíbeme en tu danza

Recíbeme en tu danza

llevo tus ojos en la nuca
ritual de tacto
evocado en acto sigiloso
como aire helado que arrastra
el polvo de tus ciudades escondidas
sobre el agua de mi cuerpo
volviéndome arcilla de tus manos
de tu voz y escritura:
laberintos en los que busco ofrecer
los ojos como reino
también susurros y caídas
como promesa de piel embelesada en nuestro peso.


recibe lo que quedó de mi locura:
una sábana que cubría la silla
sobre la que bordé mi ceguera, manchas, lugares imposibles.

conduce tu círculo de huesos escritos
a mi cabecera
condúceme a tu danza como a la hierba roja
durante mi propio baile
que se ofrece como una ceremonia inexplicable
de carne, latidos y palabras
quizá porque no somos más que eso
carne, latidos y palabras como cuerpos que bailan
obscenos en la comunión de su belleza
aceptando el presagio de lo indecible
en el movimiento del otro
nuevamente en ritual de tacto, de palabras.

domingo 29 de junio de 2008

SI TE HALLO


jueves 26 de junio de 2008

LUCIO Y CECILIO



DESAPARECIDA


Desaparecida
Libro de Intervención
e Instalación en el Museo de Arte contemporáneo Lima
MAC- LIMA. Del 12 de junio al 13 de Julio.
Intervención en las calles de Lima.
Video Registro. 14 de julio CCE.

domingo 1 de junio de 2008

PERUANOS Y PERUANAS COMO TU


Este video es la primera fase de una muestra fotográfica en cera y en polimero, sobre la gente gente con diversos empleos en nuestra ciudad: Peruano y peruanas como tú y se presentó en el Centro Cultural de España, desde el 14 de junio hasta el 30 del mismo mes.



video


sábado 31 de mayo de 2008

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suele ser un animal que escribe y se enamora, que se consume como un fósforo cuando intenta lo imposible. danza como una lisiada, y en su paso va quemando sus pies porque camina sobre esa estrella lejana, inventada quizá durante la infancia. habita en una silla junto a la ceguera, desde donde intenta fabricar un corazón para convertirlo en una gran ceremonia.

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Lía. mayo, 008

martes 20 de mayo de 2008

DARIO DEL OLLO. un cuento obsceno.

Darío del Ollo anduvo caminando algunas cuadras hasta que encontró el poste adecuado para vaciar su orina. Tenía que estar cerca de la quinta donde había vivido siempre. Reconocía todos y cada uno de los postes de luz. Si miraba por ejemplo el que estaba en la puerta central de la quinta, recordaría las fechas importantes, como cuando tenía trece años y estuvo borracho por primera vez descubriendo la delicia de la perdida del control, o cuando Adelita aceptó ser su novia para toda la vida en su fiesta de quince años, cuando se casó con ella sólo algún tiempo después, el nacimiento del hijo de ambos, la muerte del mismo, y claro; el divorcio inevitable. Ese poste era especial, cada vez que salía de la quinta lo observaba con una especial tristeza. El poste de putas feas y poca plata estaba algo lejos de ese, y casi al centro el de los amigos en busca de uno propio, uno tan importante como el primero.

Esa noche no era especial, era tan vana en principio que Darío pudo haber orinado en un árbol cualquiera fuera de su cuadra, quizá hasta en la puerta de la cantina donde había estado bebiendo solo. Pero sentía de forma intensa que tenía que ser ahí, entre los postes de luz de la vida. Como no se había acostado con ninguna puta gorda y barata, ni había bebido con sus amigos sin poste, y tampoco había ocurrido nada importante; eligió un poste al azar, lejos del primero y el del centro. Se paró frente a él, miró hacia arriba y la luz molestó sus ojos, en ese instante pensó en Adelita y lo hermosa que se veía embarazada nuevamente. Por lo mismo sintió una rabia incontrolable por no ser el padre de ese niño, odió a su hermano y claro, pensó en matarlo para después arrojar su cuerpo para que sirva de banquete a perros, moscas y animales varios.

Ebrio, balbuceaba escuchando sus propias palabras entrecortadas <>. Antes que alguna lágrima cayera, abrió el cierre de su pantalón, hizo a un lado la trusa y buscó su miembro. No lo encontró. Se pellizcó las piernas por la desesperación. Asustado movía las manos con fuerza lastimando sus muñecas con el cierre; pero no lo encontró. Cinco segundos después -iguales a una eternidad- se dio cuenta de que lo que tocaba no sólo era la ausencia de su miembro, sino un sexo de mujer.

Sintió la vellosidad, seguidamente la humedad. Iba explorando, tembloroso, asustado y fascinado, esa carne tan suave. Sus dedos recorrían su sexo y el temor iba desapareciendo ante la excitación, porque Darío no sólo se tocaba, sino que por primera vez obtenía un verdadero goce sexual, obtenía también la profundidad que había deseado toda su vida. Algunas veces y cuando era niño, soñaba que aquello ocurría, pero era solamente un niño confundido. Cuando fue grande lo sacrificó por Adelita, así, nunca halló en su sexualidad mayor goce que el de su mujer. Toda su vida acarició la idea, pero no dejaba de ser una fantasía que nunca compartió con nadie. Pero ¿Cómo habría ocurrido? Quizá no importaba. Darío experimentó un orgasmo de mujer. Totalmente ebrio, caminó hasta el poste de las fechas importantes y aguantando las ganas de orinar, lo miró sintiéndose sabio. Bajó sus pantalones hasta las rodillas, se sentó en cuclillas sintiendo un aire suave que le helaba el culo y cuidando no ensuciar sus zapatos; orinó como una mujer. Se paró y abrazó el poste, tocó su cuerpo entero y todo seguía igual, lo único que había cambiado era su sexo.


Ya amanecía sobre Darío, que escuchaba a los gallos del vecindario anunciando el fin de la madrugada. Caminaba sin rumbo cuando notó a un muchacho que pasaba al lado suyo. No era muy alto. Delgado, de cabello y ojos negros, un cholito agraciado. Llevaba los pantalones sucios, un polo blanco y un costal de pan al hombro. Darío lo cogió del cuello y con toda fuerza lo golpeó contra uno de los postes. La cabeza del muchacho sangraba. Ya desplomado sobre el suelo e inconsciente tuvo una erección ante las caricias del extraño que lo había atacado. Para cuando sus pantalones se encontraron remangados bajo sus rodillas, abrió los ojos. Gritó y lloró al ver a un hombre sobre él, que estuviera usándolo y que tuviera la fuerza suficiente para obligarlo. Trataba de safarse, pero por más que luchara era inútil. Darío se movía frenéticamente sobre el muchacho, cuyo miembro estaba introducido en el suyo y le daban el placer agónico por el que tanto había esperado. Estaba aterrado de él mismo. Imaginaba a Adela y a julito, su hijo, mirando el horroroso cuadro. Imaginaba sobre todo, los mismos ojos tiernos de julito y la manera en la que lo miraron por última vez, justo antes de que corriera en dirección a la pista y un camión de cervezas lo atropellara. También imaginaba los ojos llorosos y culpables de Adelita que rogaban por el divorcio confesando estar enamorada de su hermano, mientras su boca tartamudeaba la noticia de casarse con el. Darío lloró junto y sobre el muchacho, que consternado, eyaculaba con la culpa de estar disfrutando lo más aterrador y grotesco de su vida. Darío lo dejó y no lo quedó más que sentarse a su lado a llorar como un niño indefenso después de recibir los correazos del padre. El muchacho salió corriendo, apenas levantándose los pantalones y perdiéndose entre la niebla, que curiosamente esa noche había descendido hasta las calles sombrías del barrio de San Juan. Después de que Darío diera unos cien pasos dentro de la quinta, sacó sus llaves e ingresó a la casa. Cegado por las lágrimas y aturdido por el alcohol buscó su cuarto, pero abrió la puerta equivocada en el piso equivocado, quizá deseó hacerlo. Observó entonces a Adela y a Augusto durmiendo juntos, también observó ese vientre abultado y recordó los días en que ella era una chiquilla ingenua y embarazada de él, que reía de sus chistes sin importarle algunos de sus detalles. Los vecinos en la quinta comentaban que era una inmoralidad que Adela se divorcie de un hermano para casarse con el otro y siga viviendo en la misma casa. La anciana que vivía en el sótano de la quinta, comentó una vez que Adela había cambiado de cama, de cuarto y de hombre pero que seguía barriendo el mismo piso y lavando los mismos platos miserables empapados de la pobreza compartida. De la misma mujer decían, que en una ocasión había agarrado al padre de Darío a escobazos, al observar uno de los acostumbrados maltratos, los mismos que recordaba ahora Darío de forma intensa mientras caminaba por la casa sintiendo una rabia irrefrenable. Entonces se dirigió hacia el cuarto del viejo. Antes de entrar pensó en su madre y le pidió perdón por lo que iba a hacer, suponiendo que lo escucharía desde algún cielo cojudo en el que ella creía. Una vez dentro, despertó al anciano decrépito y malhumorado << ¿Que mierda quieres inútil, pendejo de mierda, borracho asqueroso? ¡Lárgate carajo!>> gritaba a su hijo, con voz ronca, molesta y un poco de tos. Obtuvo como respuesta que Darío se bajara los pantalones y le mostrara el sexo. Los ojos del anciano se extendieron al igual que su boca, a eso siguieron los dolores de pecho y la mudez que se fue quebrando para alzar sus gritos. Había visto la vellosidad, había imaginado la profundidad, había visto la ausencia macabra, había visto una vagina: ¡el sexo que llevan las mujeres! ¡en su hijo! Darío fugó hacia su cuarto en el tercer piso, como un criminal. Ese día, cuando ya había vaga luz, empezaba a morir Esteban del Ollo, sin poder revelarle a su hijo favorito y demás lo que había ocurrido. Darío con la vista perdida en las calaminas de un extraño verde viejo que hacían de techo, se quedó dormido sin saber que pudo haber causado el cambio de su sexo. Lo peor era estar seguro de que todo había sido real y que por ningún motivo se debía al alcohol. Pensó en muchas posibilidades y sólo una, pero bastante fuera de cualquier explicación normal, parecía la más verosímil. Había soñado tanto con tener un sexo de mujer en su niñez después de ver y tocar a una amiguita de juegos por la tarde, que pudo hacerse realidad.


Despertó al mediodía y lo primero que hizo fue tocar la zona genital. Sintió su pene, el mismo de siempre a excepción por la noche anterior. Lo sintió duro y grande, culpable y criminal. Todo había sido real. Sin embargo, aturdido aún por el alcohol decidió no preocuparse más por aquello y dejarlo pasar. Al bajar vio a su hermana menor llorando en la cocina. De inmediato asoció esas lágrimas a su padre. Antes de que la muchacha dijera algo, Darío volteó el rostro evitando que alguna mueca o gesticulación lo delatara. Ella, nerviosa, relató que aproximadamente a las seis de la mañana lo escucharon gritar y lo llevaron al hospital. A él nadie le aviso porque suponían que no habría llegado aún y debía estar tirado en alguna mesa, borracho y sin plata para regresar. Sin ánimo alguno de consolarla, salió a la calle y al ver el poste de la entrada a la quinta recordó con culpa al cholito panadero y su rostro asustado, entonces tocó su sexo para castigarlo, y lo golpeó con ira porque se excitaba al recordar la violación. Pensaba también en su padre, ¿lo habría matado? Aún no habían vuelto sus hermanos con las noticias que ya suponía feliz. Si, lo había matado. Era lo único que no le causaba culpa, sino calma.
Ya entraba, pero antes de hacerlo escuchó a dos niños decir que un muchacho se había suicidado de la manera más original. Había subido quien sabe cómo al árbol más alto del parque que quedaba a unas cuadras, para arrojarse de cabeza sobre el pasto amarillo. Darío sintió un vértigo en el estómago que prefirió ignorar evadiendo la culpa. Decidió esperar con paciencia la noticia de la muerte de su padre dentro de la quinta donde vivió siempre en el barrio de San Juan, en el que faltaban siempre las veredas y pistas asfaltadas y en el que sobraban los postes de luz.

(De De cabeza sobre el pasto amarillo (narrativa impublicable)

Un beso

Hoy se que el amor está equivocado
Que mi lengua
Mi pobre lengua
triste y enferma
tiene la maldición de un beso.
Un beso en la boca del hombre
Y será inútil entre sus días
Fusilado ante sus ojos
Y destruído por su clan.

Un beso en la boca del hombre
y comerá de mi seno seco
tratará de arrancar agua para su sed
me culpará por nuestro destierro
y el rechazo de nuestros padres y hermanos
y por la cría maldita que colgara de mi pecho
con sus dientes afilados
que dormirá cada noche, corrupto como mi lengua
e ignorante del rumor de su sangre.

Un beso en la boca del hombre
Que es hermano de mis hermanos
Y rogaremos los dos por la muerte después del amor
Y entre el miedo y la vergüenza
Sentiremos nuestra misma sangre entre las piernas
Y aún no estaremos preparados para la sentencia.

(de El Incestario)

domingo 6 de abril de 2008

REINO DE SAL

r e i n o d e s a l


Ahora lo se.

te tocaron mujeres miserables para compartir sus monedas, bailar con los ojos cerrados y olvidar su hedor en tu piel lisa.

Te recogieron los hombres del puerto y te dieron lo que pescaron envuelto en limón amargo y bolas de sal.
Ellos te quitaron la ropa.
tú cediste amablemente, con la sonrisa vencida y cerrando los ojos a la hora de recibir sus caricias sobre el estómago lleno.

Fuiste de cada mendigo que bailó contigo.
Les hablaste de ti como de un hombre triste, abandonado.
Narraste con orgullo como descubriste la contracción que causa el hambre, el frío y cómo tu padre siempre fue un hombre muerto,
cómo tu madre te abandonó cada día de tu vida desde que despertaste
entre los fierros del muelle junto al olor a pescado.

Ojala hubieras muerto entre esos olores,
envuelto maravillosamente por una ola reventando tu cuerpo,
envolviéndolo como a una ballena encallada e increíble y llevándote mar adentro.
Te hubiera amado sin haberte tocado, sin conocerte,
solo imaginando como tu cuerpo se convertía en una barca que se hundía para destruir sus heridas
bajo la luz absoluta de la noche sobre el agua.

Pero no fuiste hecho para recibir luz y conservarla.

Te nutriste bien de esas mujeres pobres y feas, olvidadas y de los hombres a quienes te vendiste entre los muelles por un poco de pescado marinado.
Ellos, como fantasmas, te siguieron con sus olores bajo el brazo,
con los olores del puerto en el que fuiste humillado
y en el que la rabia te consumió para reventar contra la ola que hubiera tenido que llevarte.

Te arrastraste en la arena y lloraste viendo las luces dentro de las casas de los pescadores y como una niña que pretende ser un hombre te deshiciste entre las calles dejando atrás el olor de tu miseria.

Las monedas y la rabia te sirvieron tanto…

(extracto)

miércoles 13 de junio de 2007

DESAPARECIDA


Desaparecida, próximo proyecto de intervención (octubre año 007)


Día 51

Al amanecer
la miseria acariciaba el hambre de mi el estómago con amor
colocando sus manos como brazas.

Entonces supe que tu hijo estaba vivo y se guardaba entre mis intestinos, protegiéndose de mi llanto y de mi rabia.
Tu hijo,
el mismo que entró en mí con violencia,
buscando el refugio desesperado para caer sobre la noche y sobrevivir.

Ahora quema cada parte de mi cuerpo y roba mi comida en el encierro.
Encerrados el y yo, tan juntos sin poder desaparecer.
Tan juntos como inútiles siendo la misma carne.

Y aquí, en este otro lugar oscuro, en este vientre, tu hijo, tan maldito como tu, me pide amor entre estas carnes.

Y tan dentro de mi como tu, mueve su cuerpo golpeando con violencia.
Y yo, tan perdida, tan olvidada, tan sola
me condeno maldiciendo lo único sagrado que tengo en esta celda.

Tu hijo, que no es mas mío, porque me niego a amarlo, sabe que trataré de matarlo esta noche y la noche siguiente hasta conseguirlo.

Cuando despierte por la mañana y no haya podido deshacerlo
sabrá que trataré de castigarlo cayendo tantas veces al suelo en el que me tuviste maldiciendo en voz baja
con un cuerpo resignado que no era más que un bulto tendido.

Caeré tantas veces que mis piernas quedarán rotas al igual que mi vientre
para que él pueda salir a estrecharse con la muerte
para que pueda bajar entre mis piernas como un llanto de sangre
y se aleje de mí para que también la muerte me abrase
para que este cuerpo que no es más un cuerpo
sino una ruma de carne golpeada y torturada, termine y con él:
el canto, el grito, el ruido de nuestros pasos clavados en las paredes como excremento.

Que termine el canto del cuerpo quebrado
inútil ya en su intento de transformase en la fe desaparecida.


Tu hijo traerá la muerte para los dos
y cuando se aleje de mi y la muerte lo acune en su brazo
conseguirá el amor de su madre y será sagrado.

Conseguirá mi amor
Y seremos sagrados en la muerte los dos.


Estos textos pertenecen a Lía Podestá, poeta desaparecida en 1981 junto a su esposo el crítico literario Alejandro Durán. Fueron hallados en diferentes papeles, ocultos entre los frágiles muros de su celda en el campo de detención clandestino Moabal 115, en la ciudad de San Eusebio en Síndea, cuando se instauró en el país, el nuevo gobierno democrático. En el CD11 (Centro de Detención 11) todo rastro de su existencia pareciera haber sido borrado. Los escritos hallados son el registro de un intento desesperado por la persistencia de sus pasos en este centro de detención. Señalan los días que estuvo detenida y cuenta de manera introspectiva su agonía por los tortuosos sometimientos físicos y sexuales. El primer escrito corresponde al día 8 de su detención y el último al día 59, en el que parece predecir su final. Hay también escritos que se hallaron ya destruidos e ilegibles, estos, podrían revelar más noticias o detalles de lo que le ocurrió a la poeta o a su marido durante el encierro. La detención y desaparición de artistas durante el régimen dictatorial del país fue implacable, ya que las manifestaciones de estos criticaban duramente la ocupación militar y denunciaban sin ningún tapujo las desapariciones de sus compañeros, amigos y familiares. Tanto Podestá como Duran participaban del Movimiento “Basta ya”. Síndea fue el país con el más alto índice de artistas e intelectuales desaparecidos y exiliados. Lía Podestá, según el testimonio de una eventual compañera de celda, fue ejecutada a los dos meses y medio de su detención en los patios de Cd11 junto a otros detenidos, entre ellos su marido. La misma declara el grave peligro que corrían de ser encontrados estos escritos, sin embargo sus captores nunca supieron de su existencia, y hoy se convierten en su único testimonio. Lía Podestá murió cogiendo la mano de Alejandro Duran, mojando sus pies con la orina de ambos, y quizá intentando una sonrisa por llevarse consigo la ultima mirada de su marido.


viernes 1 de junio de 2007

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miércoles 30 de mayo de 2007

INTERVENIDA



Gracias a mis amigos los poetas Elizabeth Neira (chile) que intervino la portada de mi libro y lo puso como que más hot y a Héctor Hernandez Montesinos (chile) que reescribió algunas partes de mi libro.


[Quiero que ese poema nazca muerto...]

Quiero que ese poema nazca muerto, Cecilia

Escrito con signos desconocidos en la inmensidad del polvo

Con figuras de animales y flores

Porque eso esto realmente me son las palabras

Ya poco me importa ser poeta

En ese país lleno de seudo dioses ásperos y egoístas

Este poema tiene el mismo nombre de su padre

Por eso debe nacer muerto

Con una corona de cruces en la garganta

Y colgado del cordón umbilical en la entrepiernas del mundo

Y a pesar de ser un cadáver

Pedirá a quien lo lea unos ojos que le den resurrección

Y unas manos que lo bauticen

Con la saliva agria de una lengua muerta

A mí no me perdonarán la traición

Y enviarán una plaga de ratas hacia donde me encuentre

Para que me arrastren nuevamente a vivir con ellas

En su río capital empequeñecido y lleno de mierda

Que es su gran metáfora y traición

Me veré tentado, Cecilia

A continuar con su gran mentira

Y aceptar el vino y los laureles que tienen

Para los que poco les importa

Dejar de creer en ellos

Pero cuando nadie me mire

Meteré mi lima de oro por mi culo

Y escribiré llorando entre bestias y hombres

Con los ojos caídos en la tentación

Por eso quiero

Que este poema nazca muerto

Pasarán los años y no cesará de hablarme

Y se reirá de mí porque yo sabía que acá está la muerte

Lo odiaré por saber como todo sucedería

Y me preguntaré:

¿Cuándo escribí con tanta pena y rabia?

Pero será tarde

Porque naciste de todos modos

Lleno de sangre y semen

De tantos cuerpos que jamás me tocaron

Será tuya mi muerte

Y al final yo latiré dentro de ti

Como un corazón sagrado y herido

Y me odiarás con delirio

Porque todo ángel debe aborrecer a su padre

Borrarás mi nombre

Y sólo dejarás un par de letras mudas

Clavadas en algún libro que leerán

Los que vaguen con sus ciudades a cuestas

Huyendo de la salvación

Fui traicionado por los profetas de mi pesebre

Y ningún ángel me dio alguna luz

Ahora mismo podría recibir la muerte y ser mi propio padre

Pero es por eso

Que quiero, Cecilia, que este poema nazca muerto.




jueves 24 de mayo de 2007

Fotografía de portada



(de Fotografías Escritas, segundo edición)

íbamos por el concreto quebrado del patio como dentro de un cementerio que tomaba las paredes con moho y guardaba bicicletas oxidadas y viejas como a las estaciones, también portones apolillados por el sol y la tarde, olvidados.

sobre la nave sin nombre, de tres ruedas pequeñas y asientos de metal, conducían las manos más sucias de polvo de juegos por la tarde, de tierra de hormigueros y cuentos sobre silenciosos campanarios.


y como dos extraños descubríamos que nuestra vida era parecida, que nuestra ropa era de la misma tela gastada de los sacones con botones y sonrisas gigantes y que ambos dormíamos escuchando la ruidosa máquina de coser que las transformaba.

éramos extraños hasta que nos tocaban las manos perfumadas en talco de la muchacha adulta y frágil que tenía los ojos iguales a los nuestros.

y pasando nuestro peso sobre viejas latas de café, mangueras agujereadas, el polvo sin barrer de la vieja casona frente a la plaza o sobre alguna hoja seca que crujía su locura y atropello; nos dábamos cuenta que podíamos recorrer el mundo y su pequeño desorden bajo la mirada de la muchacha con olor a leche en el seno y conduciendo nuestra gran nave de metal con pedales y llantas de goma, con olor a oxido y que se habría paso en esa pequeña jungla de cemento, ese patio que le daba color a nuestra edad tan corta como nuestras piernas que no llegaban al suelo y que nos disolvía en una infancia, ahora guardada entre sonidos junto al oxido de nuestra vieja nave.

miércoles 23 de mayo de 2007

El funeral de la reina




La bestia llevaba sobre el lomo

el cadáver sentado de la reina

que había pedido ser llevada en su trono

durante el cortejo hacia su última morada:

el río seco donde desvestirían su cuerpo helado

para echarlo desnudo y sin gloria

y cubrirlo de piedras

o quizá una gran ciudad.



(extracto de El Funeral de la reina, De Oraciones, canciones y maldiciones de mujeres impuras)

sábado 19 de mayo de 2007

Canción de amor de María.


(de Oraciones, canciones y maldiciones de mujeres impuras)



Los hombres que me amaron saben de la facilidad que tengo

para destruir una mañana.



Saben que duermo con la boca abierta

Despidiendo hasta la última luz que intenté robar de sus cuerpos

Y que poco obtuve.



Los hombres que me amaron saben como es el hilo mi llanto

y el terco caer de mi baba

lo escucharon al dejarme

y algunas veces y como una maldición

quizá los descubre intentando la nostalgia vana

y pueden volver a oírlo como una canción errante

y volver a amarme y dejarme

con la misma facilidad con la que abren los ojos

para convertirme en una pieza frágil en su memoria.



ellos saben que regreso a las viejas ciudades que destruimos juntos

buscando el dolor que dejaron como cosas viejas

para que alguna vez se hallen con sorpresa

en nuestra vieja fabula

mudada a un poema tan absurdo como este.




Y saben tanto y tan poco de mi risa

también de las promesas de mi boca

de mi danza obscena y desesperada

de las construcciones edificadas sobre sus frágiles espaldas

y de los proyectos imposibles

convertidos en hermosos laberintos

entre los que fui perdiendo la razón

y perdiéndome yo

sin atarme al hilo que desprendía de sus ropas

y que podía conducirme a la salida.



Ellos saben que mis ojos no ocultan mi destino

y que he buscado inútilmente el amor en cada uno de sus cuerpos

como si fueran cajas cerradas conteniendo la molicie

de mis construcciones

o el absoluto amor ofrecido a alguien cuyos ojos eran calmos

(distintos a los míos)

alguien que guardaba en su pecho un corazón verdadero

y que no latía terco, amargo y desesperado.



Tuvieron la seguridad desde la primera vez que me desearon,

que me tendrían

que los amaría sin detenerme a pesar del rechazo

y que serían una intensa fábula

condenada desde su inicio a convertirse en tristeza solamente.

yo supe que jamás me elegirían,

siempre tuve la absoluta certeza de que los recordaría

y escribiría sobre ellos sintiéndome sabia, sola y loca

sentada sobre una silla de patas vacilantes

y arrojándolos

junto a sus nombres

al abismo escrito que toma ya de sus formas.



Y es que nunca mintieron

porque cada vez que los tuve,

cada vez que los amé deseando el cielo y gritando,

cada vez que dormí como una presa mansa,

tan desprevenida de sus ojos,

abrazada

y exhausta por ellos,

cada vez que los vi tan desnudos

con la vaga luz jugando a hacer sombras sobre sus cuerpos,

cada vez…


cada vez supe que me dejarían porque siempre pudieron oler mi cabeza.



mi cabello nunca cubrió por completo la locura que presintieron

y que nos envolvía como una neblina nauseabunda

que salía de la carne fermentada de mi cabeza

e invadía y detenía el amor como si imantara las agujas de un reloj.



Mi cuerpo nunca escondió o apresó por completo el animal insano

Y cruelmente sincero

que habita dentro y lo invade

y que habla conmigo como si estuviera vivo.

mis ojos jamás tuvieron el pudor de ocultar mi sentencia.

Y a pesar de eso,

ellos, los hombres que me amaron

dirían que soy una mujer intensa

pero la verdad es que hoy he tenido la certeza de mi locura

en el deseo de cortar mi cabeza adormecida,

o dormir al animal insano de mi cuerpo

para no saber de la sentencia que se lee en mis ojos

sin pudor alguno.

Y es que ya no soy una mujer intensa

Y esos, los hombres que nombro son sólo otra fabula

de los que tocaron mi luz como a una flama

y quemaron sus dedos

desterrándome fugazmente de sus extraños reinos

y haciendo de mi

la carne vencida que se incendia

o el humo que se escribe alrededor de la ceniza

y que es la ceniza sino el presagio de mis ojos en el espejo:

y que son mis ojos sino mi destino escrito y la sentencia:

y cual es la sentencia de esta mujer que escribe sobre el amor

como un cansado error que se reitera sino la inevitable soledad .



y donde están ahora los que me desterraron

porque tuvieron miedo de mi locura y de mi amor

sino escondidos en estas líneas vanas

conservados como viejas canciones

y es que este no es otra cosa que un poema que destruye con facilidad otra mañana

y recibe conmigo el rechazo del que va en busca de un corazón puro.


(Oraciones, canciones y maldiciones de mujeres impuras probablemente no será publicado jamás al igual que muchas de las cosas que escribo. Es un texto en el que pretendí recoger voces de mujeres locas y pecaminosas. Esta: María, no cometió homicidio como las otras, incesto o adulterio sino que terminó haciendo una simple canción sin tonada alguna que quizá termine en un crimen mayor)

La primera anunciación. Ajos y Zafiros (junio 2006)

Yo quiero que ese niño nazca muerto, María,

Poco me importa ser el padre de un salvador

O el santo que acompañe tu vientre

Tocado por las manos ásperas

De un dios egoísta.




Él

Pondrá sobre tu hijo una corona de espinas

Y lo llevará hacia la cruz de los traidores

Lo llamarán:

El Rey de los judíos

Pero antes será arrastrado por su Jerusalén

Y envidiado por Juan, el hijo de tu prima Isabel,

A ser llamado El Bautista

Que tampoco nace aún en esta tierra

Y tiene ya un destino miserable




El Tuyo se llamará Jesús

Y le pedirá a un hombre que lo lleve a la gloria

Rogará a un tal Judas que lo entregue a los fariseos.

Él venderá su deshonra

Por un lugar en la mesa de los apóstoles

Para la eternidad




Y en la hora de su muerte

Tu hijo

Partirá hacia los brazos de su padre con dos ladrones,

Tendrá sed

Y morirá diciendo

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.



María,

¿Quién te perdonará a Ti en la vejez?

¿Quién te dará otro hijo sin una

Muerte o dolor

Que se anuncie en la boca de un ángel perverso?

¿Quién te dará otro hijo que no sea arrebatado

Para el perdón de nuestros sabios pecados?

Por eso, joven esposa, yo quiero que ese niño nazca muerto.



Fotografías Escritas. Noviembre, 2002. Dedo Crítico.

preguntas negligentes

me pregunto si podría caber en una palabra

al igual que mi cintura lo hace entre tus manos

y si es así,

nuevamente pregunto si la nombrarías

cuando tu cuello se alargue entre mis manos

y recibas de mi boca,

tu propia boca

pregunto también si podrías caber en mis palabras

como lo haces en mi sexo

y si podría hallarte en mi

como lo hacen los olores en el cuerpo.

tu sexo cabe en el mío

como tu lengua en mi boca

pero no cabemos los dos en un solo nombre

o en imaginarios

tampoco en las más simples palabras

somos dos animales sin madriguera

en un invierno de cuerpos helados

en el que no caben más preguntas.



Sirena - (1946)

¿cómo será perderse en un tiempo hecho de agua?

jugar a ser sirena vieja,

tan profunda como un abismo que se ahoga

y sólo el tiempo

entonces sólo agua

el paisaje más vacío

hecho de nada

l l e n o d e a g u a

andando como algún tiempo más lento

afectando algas imaginarias

que se conciben como cabellos humanos

ondeándose

al viento, al tiempo y al blanco

rozando ya caído

ese pezón duro

y ennegrecido

formando en contraste los años suyos

los de ella.

su gesto de adios avanza con ese

tiempoagua

ella, con el cuerpo de viento inmenso

que sale de su boca

para soplar su cabello:

algas blancas y largas.


Catedral 1962.

un día te hallé dentro de la catedral de la fotografía.

eras una imagen borrosa que envejecía sobre los bancos de madera. me cubrías con la piel, te tocabas para tocarme y pensabas en mí. otro día eras el polvo de los papeles, que se alejaban de la catedral con el viento, ya no me guardaba dentro tuyo y cubría un sueño sobre los bancos de madera, como tu, mamá, dentro de una fotografía que terminaría por ser un paisaje lento y eterno. al día siguiente estabas lejos, yo era el polvo de los papeles huyendo de la catedral y nos escribía una mujer acurrucándose en los mismos bancos en los que ambas habíamos estado sentadas. después ya no existías yo estaba lejos y esa mujer iba convirtiéndose en el polvo de papel mientras otra, seguía escribiendo desde la catedral, dentro de la fotografía.



la voz de Murata cae de su cuerpo cansado como las hojas cayeron de sus árboles, los que recuerda. la tibieza extingue a ser fantasma, extingue por las palmas de sus manos tan viejas como sagradas que formaron en arcilla mujeres mutiladas y hombres de cartón al agua durmiendo sus cuerpos en el híbrido de estaciones donde envejecer y tomando la forma de elefante del árbol caído. Murata ha cerrado ya los ojos. su reino en solo queda heredado también a la muerte y su inmortalidad es un mito que se destierra a una arcilla sin forma o a un tiempo que ya no le pertenece, en el que sus hombres y mujeres cantan como a la muerte de un dios y desde el encierro que Murata no era inmortal.